A lo largo de su historia el territorio andaluz ha sido soporte de una intensa actividad cinegética. Más del 80 por ciento del territorio andaluz tiene algún tipo de aprovechamiento cinegético.

En la actualidad junto a la modalidad de caza mayor en zonas de montaña media, donde el ciervo (Cervus elaphus) y el jabalí (Sus scrofa), encuentran su hábitat idóneo, la diversidad geográfica andaluza ha favorecido que, junto a estas especies, aparezcan otras como la cabra montés (Capra pyrenaica), el muflón (Ovis musimon), el gamo (Dama dama), el corzo (Capreolus capreolus), etc., acompañadas por un elevado número de piezas de caza menor, entre las que destacan la perdiz (Alectoris rufa), el conejo (Oryctolagus cuniculus), la liebre (Lepus capensis), la codorniz (Coturnix coturnix), el zorzal (Turdus philomelos), la paloma torcaz (Columba palumbus), etc.

En total en Andalucía, existen cerca de 7.500 cotos deportivos, privados, intensivos, reservas y zonas de caza controlada.

La expansión de la caza, más como deporte que como cosecha del monte, es, en muchos territorios de montaña, un reflejo de la crisis del resto de los aprovechamientos tradicionales ligados a los recursos naturales. Como consecuencia, hoy, en muchos montes la caza es una auténtica monoproducción, en cuyo beneficio se organiza el manejo de la vegetación, del ganado y de los demás recursos. No en balde, su aportación en términos económicos supone anualmente en Andalucía más de 3.582 millones de euros y más de 50.000 jornales en el medio rural.

¿Sabía que..?

Por ello, gestionar este aprovechamiento es gestionar la conservación de la biodiversidad. Y para que este maridaje sea exitoso y duradero la FG apuesta por dos conceptos clave: gestión de calidad y planificación cinegética. En los últimos años, la FG ha trabajado con los cazadores de las áreas de reintroducción con el doble objetivo de implicarles en el proyecto y promover una gestión cinegética sostenible. Las repoblaciones sin garantías o el uso de cebos envenenados, además de cuestionar el futuro mismo de la caza y la imagen pública de quien la practica, ponen en peligro la conservación de especies en las que la sociedad está invirtiendo una gran cantidad de recursos.

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