«Es un espectáculo memorable observar al gran Gypaetus barriendo el espacio sobre cañadas y riscos en las sierra, en extraña similitud con algún fantasmagórico dragón volante de época miocena; una visión de irisaciones color rojo sangres insertadas en una cabeza cruel de hirsuta barba negra, de plumaje gris blanquecino y pecho dorado. Ni observándole durante media hora –o medio día-se podrá distinguir ni un solo signo de esfuerzo ejercido por alas de tres yardas de amplitud. Con sus alas ligeramente dobladas se sumerge hasta los 1.000 pies hasta perderse de vista sobre el horizonte de una manera aterradora. Gira la larga cola cuneiforme – con más suavidad que el timón más maniobrero- aunque las amplias alas color lavanda permanecen rígidas sin un movimiento que indique el esfuerzo que ha columbrado. La fuerza requerida para levantar un peso muerto de 20 libras hasta tales altitudes puede ser calculado por los ingenieros con precisión; pero ¿Cómo se consigue? Que ese poder existe está bastante claro y al menos sirve para explicar las tradicionales fabuladas de quebrantahuesos gigantes que se abalanzan sobre los cazadores de cabras desde su peligroso asidero en las peñas para festejarse con los restos de abajo o que, en momentos de ocio, acarrean bebés desatendidos a sus aguileras ¡Ójala la tarea de los estudiosos de la naturaleza se encamine a disipar todos estos cuentos!»
A. Chapman y W.J. Buck , "La España inexplorada" 1910

 

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